Instantes, de: Jorge Luís Borges. Si pudiera vivir nuevamente mi vida. En la próxima, trataría de cometer mas errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría mas. Sería mas tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico, correría mas riesgos. Haría mas viajes, contemplaría mas atardeceres, subiría mas montañas, nadaría mas ríos. Iría a mas lugares donde nunca he ido,
comería mas helados y menos habas. Tendría mas problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida. Claro que tuve momentos de alegría, pero si pudiese volver atrás, trataría de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, solo de momentos. No te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iba a ninguna parte, sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas. Si pudiese volver a vivir, viajaría mas liviano.
Si pudiera volver a vivir, comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera y seguirá así hasta concluir el otoño. Daría mas vueltas en calesita, contemplaría mas amaneceres y jugaría con niños.
Si tuviera otra vez la vida por delante. Pero ya ven, tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.
Tiempo en que el corazón quiere saltar descalzo Y en que al árbol le salen senos como a una niña Nos asalta el deseo de escribir nuestras cosas Con pluma de golodrina.
Los charcos en el campo son copas de agua clara Que arruga un aletazo o un canuto de hierba Y es el aire de vidrio una marea azul Donde el lento barquito del insecto navega
Chapotean a gusto las sandalias del agua Los mosquitos parece que ciernen el silencio Y los gorriones cogen en el pico la perla Del buen tiempo
De la ciudad moruna tras las murallas viejas, yo contemplo la tarde silenciosa, a solas con mi sombra y con mi pena. El río va corriendo, entre sombrías huertas y grises olivares, por los alegres campos de Baeza. Tienen las vides pámpanos dorados sobre las rojas cepas. Guadalquivir, como un alfanje roto y disperso, reluce y espejea. Lejos, los montes duermen envueltos en la niebla, niebla de otoño, maternal; descansan las rudas moles de su ser de piedra en esta tibia tarde de noviembre, tarde piadosa, cárdena y violeta. El viento ha sacudido los mustios olmos de la carretera, levantando en rosados torbellinos el polvo de la tierra. La luna está subiendo amoratada, jadeante y llena. Los caminitos blancos se cruzan y se alejan, buscando los dispersos caseríos del valle y de la sierra. Caminos de los campos... ¡Ay, ya no puedo caminar con ella!